BIENVENIDA AL BLOG

Va a ser este un blog dedicado por mí a otros contenidos. Comienzo con él mi fase más pública, una participación en el mundo de la política que hasta a mí me ha resultado sorpresiva, pero que en el fondo no deja de ser más que una respuesta a ese lado más social que desde siempre he demostrado a lo largo de mi trabajo. Recién llegada al mundo de la política municipal, he de confesar mi ilusión por seguir trabajando por la ciudad que me vio nacer de una manera mucho más intensa de lo que lo he hecho durante todos estos años a través de las actividades que he ido desarrollando a lo largo de mi vida profesional.
Es diferente ver la vida desde este lado, pero también enriquecedor, a pesar de todas las dificultades con las que sé me voy a encontrar en este nuevo recorrido.
Mi decisión, trabajar por y para mi ciudad, está teniendo muy buena acogida en el amplio entorno en el que me muevo, y espero que el fruto comience a verse enseguida, junto al conseguido por el esfuerzo del resto de mis compañer@s.
Son muchas las responsabilidades que me han correspondido, pero todas directamente relacionadas. Por eso, aunque ya llevaba más de un año con el blog de "igualdad" que voy a seguir manteniendo, he decidido abrir este otro que dé cobertura al resto de áreas que van a ser de mi competencia.
Espero que resulte de interés para la ciudanía de Astorga y sus pedanías, porque a todas ellas deseo extender mis desvelos.
Gracias por vuestra visita y también, si las hubiera, por vuestras sugerencias en torno a mi trabajo.

domingo, 30 de marzo de 2014

UN NUEVO CICLO DE CINE “OTRAS MIRADAS, UN MISMO LENGUAJE”, AFRONTA EL CINE DOCUMENTAL.



En Astorga, la programación se hace coincidir con la programación cultural complementaria a las II Jornadas de Periodismo “Maite Almanza”.

El cine documental es, sin duda alguna, otra forma más de periodismo, que recoge de forma audiovisual el día a día de personas, sociedades, acontecimientos... Por ello, ante la perspectiva de este nuevo ciclo, que llega desde la Junta de Castilla y León, dentro de la programación de los ciclos de cine “Otras Miradas, un mismo lenguaje”, desdes la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Astorga hemos buscado la forma de organizarlo haciéndolo coincidir con la  programación cultural de abril  que, por segundo año consecutivo, se piensa en torno a las II Jornadas de Periodismo “Maite Almanza”, durante las cuales se hace entrega del correspondiente Premio de alcance nacional.
En esta ocasión se trata de 5 películas documentales, todas ellas de gran calidad y calado social, que podrán verse en la Biblioteca Municipal de Astorga, a las 20’30 horas,  de forma gratuita y hasta completar aforo, de acuerdo con el siguiente calendario: 
Martes, 25 de marzo de 2014
Ni olvido ni perdón (2003), de Richard Dindo

Martes, 1 de abril de 2014
Ernesto Che Guevara (1994), de Richard Dindo

Viernes,  4 de abril de 2014
War Photographer (2001), de Christian Frei

Martes, 8 de abril de 2014
El viejo Rock (2013), de Pablo Sánchez Blasco

Martes, 22 de abril de 2014
Los Ojos de la Guerra (2011), de Roberto Lozano Bruna

El documental War Photographer, nominado al óscar de 2001 en su categoría, ha sido, así mismo,  el que hemos escogido para completar la inauguración de la exposición de Fotoperiodismo que también formará parte de la programación cultural de este mes de abril dedicado a grandes rasgos al mundo de la información en sus diversas facetas. Este multipremiado documental sobre el foto-reportero norteamericano James Nachtwey, considerado uno de los mejores fotógrafos de guerra del mundo, será el broche perfecto para la presentación de las exposiciones de dos fotoperiodistas de distintos periodos también ampliamente reconocidos por sus trabajos por distintos puntos del mundo.

En esta ocasión, gracias a estos ciclos programados desde la Consejería de Cultura de la Junta, en colaboración con las embajadas y las pequeñas poblaciones como Astorga, tendremos la posibilidad de acercarnos al cine documental de gran calidad.

Incluimos a continuación una breve semblanza de cada uno de los documentales:


martes, 4 de marzo de 2014

ACTA DEL CONCURSO DE RELATOS DE NAVIDAD. 2013



Reunido en  Astorga, el 17 de enero de 2014, el jurado para fallar el concurso de Relatos “Navidad 2013”, formado por los siguientes componentes:
·        Dña. Esperanza Marcos de Paz (Secretaria del Centro de Estudios Astorganos Marcelo Macías, Bibliotecaria)
·        Dña. Helena José García Fraile (bibliotecaria, promotora de concursos literarios)
·        D. Juan José Alonso Perandones (escritor y profesor de literatura española)
·        Dña. Manuela Bodas Puente (escritora, ganadora del 1º premio de adultos de la edición anterior)
·        D. Tomás Néstor Martínez Álvarez (crítico literario y profesor de literatura española)
y actuando como secretaria del mismo, con voz pero sin voto, Dña. Mercedes G. Rojo (concejala de Cultura), emiten el siguiente fallo de acuerdo a las distintas categorías:

CATEGORÍA A:
                   Este premio ha quedado desierto porque solo se ha presentado un trabajo que, sin embargo, recibirá un diploma de participación y un lote de libros además de incluirse en el libro correspondiente.
·        La navidad está en tu corazón, de Elena Rodríguez Fuertes, de 7 años.

CATEGORÍA B:
·        1º Premio:  El espejo mágico, de Sofía Carro de la Iglesia, alumna de 3º de Primaria del colegio "Paula Montal" de Astorga.
·        2º Premio: Desierto.

CATEGORÍA C:
1º Premio: El gran árbol de Navidad, de Miguel Ángel González Amaya, de 1º de E.S.O., del Colegio Luisa de Marillac, de Miranda de Avilés.
2º Premio: Kevin, de Isabel Ríos González, de 2º de la E.S.O., del Colegio Luisa de Marillac de Miranda de Avilés.

CATEGORÍA D:
1º premio: ¿Qué es la Navidad?, de Lina Kana’an Ismail, de 4º de la E.S.O. del I.E.S. Valle de Laciana, de Villablino.
2º Premio: Hola, pequeña, bienvenida por Navidad, de Nerea Arrojo Fernández, de 4º de la E.S.O., del Colegio Luisa de Marillac de Miranda de Avilés.

CATEGORÍA DE ADULTOS:
1º premio: “Butano por Navidad”, de Miguel Ángel Gayo Sánchez, de Sevilla.
2º premio: “La escena inolvidable”, de José Manuel Gómez Vega, de Torrejón de Ardoz.
El 3º premio y la categoría “Centenario de Gaudí” quedaron desiertos por decisión del jurado.

Astorga, a 17 de enero de 2014

BUTANO POR NAVIDAD. De Miguel Ángel Gayo Sánchez, de Sevilla. Relato ganador 1º Premio del Concurso de Relatos de Navidad "Astorga 2013".



La vorágine de un mundo en constante cambio me mandó al paro. Llevaba varios años como locutor en una radio local. Mis oyentes me querían. Yo quería a mis oyentes. Un día el jefe de la emisora dejó de quererme.
Aguanté un año rascándome el ombligo con la excusa de la cualificación. Luego otro año de histeria en busca de un trabajo dentro del gremio. Al año siguiente empecé a desesperarme.
Entonces Trini, mi pescadera de toda la vida, me aconsejó ampliar el horizonte:
-          El mundo no se reduce a espurrear salivazos en la alcachofa de un micrófono — dijo.
Las máximas filosóficas de Trini se apoyaban en la sabiduría inmaterial que atesoran los puestos de mercado. No obstante, a Trini le gustaba acompañarlas con soporte físico. En este caso, un papel de estraza con olor a pescado y una dirección escrita.
-          Pásate por allí. Necesitan butaneros.
Así fue como mudé de trabajo: desde la fuerza de las ideas con las que me ganaba la vida en la radio, a la fuerza de las manos con las que poder asir las bombonas de butano.
La empresa me asignó un compañero, una camioneta y ciento cincuenta bombonas diarias. Sueldo fijo y un plus por cada bombona. Las propinas directamente al bolsillo. Con todo, apenas se sacaba un sueldo para vivir.

Me tocó una zona de reparto extramuros de la ciudad. Los bloques de viviendas apenas rebasaban las cuatro plantas y carecían de ascensor. Subir a gañote las bombonas resultaba duro. La zona también incluía un poblado de chabolas conocido como El Charco. Algunas de esas chabolas contaban con una rudimentaria instalación de gas. Ninguna de ellas pasaría la inspección obligatoria que nuestra empresa estaba obligada a realizar. Nadie decía nada. Yo tampoco.
Mi empresa dependía directamente de una gran petrolera. Una multinacional que ganaba dinero a espuertas a pesar de la crisis. Pero ellos seguían poniéndolo todo negro para mantenernos acojonados. El jefe de mi sección se llamaba Gálvez:
-          La inestabilidad política en el África nos encarece la extracción del gas —explicó un día—. La libertad que reclaman esos pueblos vamos a tener que pagársela nosotros de nuestro bolsillo.
Con esta espuria justificación despidieron a varios conductores para reducir costes. Entre ellos a mi compañero, un veterano combado de espalda por el trabajo. Ahora debería yo conducir la furgoneta, aparcar, vociferar la presencia del butanero y subir a pulso las bombonas. La llegada de la Navidad complicó aún más las cosas. El frío invierno y el consumo por estas fechas incrementaban la demanda. Me resultaba imposible abarcar la zona. Gálvez encontró la mejor solución para los intereses de la empresa:
-          Mientras dure la campaña de Navidad, El Charco se quedará sin reparto. Hay que priorizar a nuestros clientes tradicionales.
Ese año, el calor de la Navidad no llegaría a los más pobres de entre los pobres...

La jornada del 24 de diciembre se consideraba en la empresa jornada de reparto intensivo. Nadie quería quedarse sin bombona para la cena de Nochebuena. Gálvez nos apretó las tuercas y nos hizo trabajar a destajo. Nos obligó a cargar las bombonas en la camioneta unas encima de las otras. La camioneta debía regresar con bombonas vacías.
Me dirigí a mi zona de reparto. Pasé junto al poblado de chabolas y ralenticé la marcha. Presentaba un aspecto aún más destartalado que en días anteriores. La techumbre de algunas chozas se había venido abajo por las nevadas. Los habitantes improvisaban una cuadrilla de obreros y trataban de restaurar las techumbres. La Nochebuena se presentaba fría, con temperaturas bajo cero. Alguien me gritó desde el poblado. Una mujer con un bebé en los brazos. Gesticulaba y gritaba muy fuerte para llamar mi atención. Enseguida salieron de las casuchas otras mujeres y se sumaron al griterío. Habían visto la camioneta de reparto. Los aspavientos fueron a más. Las mujeres vociferaban con todas sus ganas. Querían gas, querían las bombonas llenas, querían calor para sus familias. La cuadrilla de hombres dejó el tajo y se acercó a la carretera en busca mía. Aceleré la marcha y mi camioneta pasó de largo antes de que me pudiesen alcanzar.
Llegué a la zona de los bloques donde debía repartir las bombonas. En la parada del semáforo un joven negro disfrazado de Papá Noel se acercó a mi ventanilla y me ofreció sus pañuelos de papel. Le comenté la incongruencia de que un africano negro como el carbón tuviese que disfrazarse de un paliducho finlandés para poder ganarse la vida.
-          También usted parece que vaya disfrazado —dijo.
Observé mi uniforme naranja. El joven se encontraba en lo cierto. La empresa me colocó este disfraz el mismo día que firmé el contrato. La empresa necesitaba uniformarte para que entendieras que ya eras uno de sus soldados. Entonces defenderías sus intereses por encima de todo. El semáforo cambió a rojo y se escucharon pitidos de los otros conductores. Gálvez dijo que las miserias de la gente terminarían pasándonos factura. Los conductores de atrás se impacientaron.
-          ¡Si de verdad eres Papá Noel y no un negro disfrazado, sube a la camioneta y ayúdame a repartir gratis el jodido gas! ¡TU JODIDO GAS! —le grité al joven.
-          ¿Mío? —preguntó extrañado.
-          El gas de estas bombonas lo sacan de tu país. ¡Sube antes de que se cabreen los conductores! ¡El calor de la Navidad llegará hoy a las gentes de El Charco! ¡Invita Papá Noel!
-          ¿Se ha vuelto loco? ¿Habla en serio? —preguntó con las pupilas dilatadas.
-          Sabes que sí. ¡Sube de una puta vez!
Las crónicas periodísticas de los días posteriores informaron de que una banda organizada robó una camioneta de reparto de butano y se dio a la fuga aprovechando el trasiego típico de las fiestas navideñas: “Los asaltantes actuaron disfrazados en todo momento para dificultar su identificación. No obstante, la policía cree que los delincuentes residen en el poblado marginal conocido como El Charco”.

-          ¡Es usted un cabrón! —me gritó Gálvez. Me custodiaban en el cuarto de seguridad donde la compañía lavaba sus trapos sucios—. ¿Se ha creído que somos una ONG? ¿Cómo se le ocurrió regalar las bombonas? ¡Se le va a caer el pelo!
Gálvez se encontraba descompuesto. Llegué a sentir pena por él. La empresa jamás le perdonaría que un escándalo así se hubiese producido en su sección. Rodarían cabezas. La suya la primera. Él lo sabía y por eso intentó cubrir el escándalo simulando un robo.
-          ¡Cómo le ha podido hacer algo así a la compañía! —balbuceó ya sin tensión, tratando de encontrar en mis ojos una chispa de locura que tranquilizase su conciencia.
-          Un negro me engañó —dije extraviando la mirada—. Decía que el gas de las bombonas era suyo. ¿Sabe usted algo de eso, Gálvez? Bueno, qué más da. De no ser por Papá Noel las bombonas se hubiesen quedado en la furgoneta. Pero Papá Noel se empeñó en que el calor de la Navidad llegase a esos chiquillos. Y luego ese jodido negro, erre que erre, que si el gas se lo habíamos robado a él... ¿Por qué me mira así, Gálvez? ¿Sabe de lo que le hablo?

Miguel Ángel Gayo Sánchez. 
1º premio Relatos de Navidad Astorga 2013. Cat. Adultos.

LA ESCENA INOLVIDABLE. De José Manuel Gómez Vega. 2º premio Relatos de Navidad Astorga 2013. Categoría Adultos.



            La joven pareja se mudó a una de las casas de nuestra urbanización un veintiuno de diciembre, fecha que recuerdo perfectamente porque él guardaba cierta semejanza con el actor cuya foto ilustraba una de las noticias del periódico de ese día. (Al parecer, tras su última película, el hombre había recibido tantas amenazas de fundamentalistas que, por el bien de su mujer embarazada, habían decidido abandonar su domicilio).
            Su correspondencia llegaba dirigida a nombre de José D. Nazario, y la primera vez llamé al timbre para entregársela en mano.
            ¡Ding-dong!
            Tras presentarme como el cartero de la urbanización, le advertí sobre lo conveniente que sería que colocase en el buzón los nombres completos de cada uno de los residentes, pero debió de olvidarse. No conseguí averiguar a qué correspondía la inicial, ni el nombre de su mujer más allá del Mari con el que se presentaría poco después. No me importó porque imaginé que no se quedarían mucho tiempo en una casa tan necesitada de reparaciones. Sin embargo, el hombre resultó ser todo un manitas, en especial con la madera.
            Aquel primer encuentro —cuando les sugerí que colocasen la tarjetita en el buzón y no me hicieron caso ni yo me ofendí por ello— tuvo lugar un lunes por la mañana, a eso de las doce y cuarto porque ya había tomado el sol y sombra que nunca perdono en el Romanos. Me sorprendió ver un coche aparcado frente a la casa de los Portel, deshabitada desde que la viuda pasase a mejor vida hacía año y medio. Doña Belén era una señorona de las de antes, grande y del tono pajizo de las que fueron rubias. Alguna vez me invitó a entrar para tomarnos unos chupitos, y la última acabamos retozando sobre un diván tan estrecho que a ella se le descoyuntó la cadera. La eventualidad la experimenté como un alivio porque lo mío con la carnalidad es patológico: simplemente no me llama. A veces, como entonces, me obligo, pero no hay manera de excitarme. Mi esposa dice que soy asexuado y no le falta razón. Desde ese lamentable episodio me sucede que a menudo la imagino con unos hermosos cuernos sobre la cabeza, lo que unido a su sobrepeso provoca que la asocie a aquellas vacas orondas de mi infancia pueblerina. Y es que yo soy muy visual, y la imaginación puede jugarme esas malas pasadas. Pero que conste que la quiero mucho.
            Mari asomó por la puerta principal con ambas manos rodeando un bombo prominente. Entonces les anuncié que el bebé iba a ser el primero que naciese en la urbanización. Pues habrá que celebrarlo, recuerdo que dijo él posando su mano delicada sobre mi hombro, a lo que añadí que mi señora y un servidor estaríamos encantados de visitarlos a la vuelta del hospital. Nada de hospitales, exclamó ella sonriente. Su rostro brillaba con la tersura de las primerizas. Reconocí mi ignorancia sobre las bondades del parto natural en casa y me despedí tras repetirles lo especial que sería su niño.
            Mi mujer preparó un plato de leche frita y sugirió que los visitásemos la tarde del Día de Nochebuena para darles la bienvenida oficial a la urbanización, felicitarles las fiestas y husmear un poco en sus vidas.
            Si ahora cuento todo esto es por lo sucedido esa noche. Mi mujer, tan emperifollada como de costumbre, sujetaba con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda el cordoncito que ataba la bandeja con los dulces, y con la derecha mi brazo. Tardamos más de los cinco minutos que llevaría el paseo en condiciones normales porque los zapatos de tacón le mancaban el juanete. Desde la distancia comprobé que había un segundo coche aparcado frente a la casa de los Portel (quiero decir de los Nazario), y así se lo anuncié a mi mujer, quien se limitó a mugir de dolor (quiero decir a gemir).
            ¡Ding-dong!
            Abrió la puerta él y dijo: «Pasad, pasad».
            Al entrar la vimos, a la mujer pariendo sobre una manta en medio del salón, asistida por una vieja de rostro alargado y paletos enormes.
-          Hola, soy José - dijo el hombre plantándole dos besos a mi esposa. Luego señaló hacia el alumbramiento, le colocó una toalla sobre el antebrazo y añadió: - ¿Te importaría dársela a la comadrona mientras yo voy a por el agua hirviendo?
            Mi mujer me entregó la leche frita y el abrigo de pieles, se descalzó hecha un flan y corrió hacia las mujeres. En cambio yo permanecí anclado al hall en mi función de perchero.
            Al cabo de dieciocho minutos oímos el llanto. Mi esposa, con varios desgarrones en las costuras del vestido que dejaban entrever la faja, llegó hasta mí.
-          Gabi, es un bebé precioso —decía traspuesta, mirándome con los ojos acuosos e iluminados—. He decidido que voy a hacer el cursillo de comadrona.
            Luego me abrazó con su fuerza taurina y regresó trotando a sus quehaceres, mientras yo continuaba allí, de pie, rumiando mi culpabilidad por no haberla podido hacer un hijo.
            El hombre, también emocionado, me sacó de mi ensimismamiento y me condujo hasta la cocina para bebernos unas cervezas. Ahogada la tensión se acercó y me susurró al oído unas palabras desconcertantes: «Nunca imaginé que me alegraría tanto de tener un hijo que sospecho no sea mío». Se fue y yo me bebí otra cerveza por mi cuenta, pensando en que los hay afortunados. Y ya estaba mediando la tercera cuando el hombre irrumpió de nuevo para insistir en que nos quedásemos a cenar. Preguntó si me gustaba la comida china, pero antes de que pudiese contestar abandonó la cocina haciendo un pedido desde el móvil.
¡Ding-dong!
-          ¡Abre tú, Gabi! —me dijo.
            Me dirigí al umbral de la casa y me topé con la pareja de vecinos que más había dado de qué hablar en la urbanización. Lucían ya cabellos canos y un porte jorobado pero seguían vistiendo igual de estrafalarios que siempre (supongo que se inspiraban en las revistas de moda que recibían del extranjero y que pesan como el plomo). En la urbanización son conocidos como Las Reinonas.
-          ¿Quién es? —preguntó el hombre desde el salón, cuando la pareja ya se había internado en la casa.
-          ¡Feliz Navidad! —gritó la pareja al unísono blandiendo sendas botellas de sidra.
            Pero enmudecieron - como mi mujer y este servidor con anterioridad - al descubrir lo que estaba ocurriendo, circunstancia que yo aproveché para anunciarles que acababa de nacer el primer niño de la urbanización. Inmediatamente después se presentó el hombre para abrazarlos con efusividad (acabaría por saber que Las Reinonas eran los amigos que les habían animado a alquilar la casa de los Portel).
-          ¡Pasad! —gritó la mujer.
¡Ding-dong!
            Ahora era el muchacho africano que hacia los repartos de El Oriental. Al ir a pagar, imbuido por la felicidad del acontecimiento, el hombre invitó también al joven a tomarse una copa con todos nosotros.
            Y ésa es la escena de una Nochebuena que nunca olvidaré. Venus lucía poderosa a través del ventanal bajo el que la mujer reposaba con el recién nacido en brazos, sobre un butacón tapizado de pana color paja, y con mi esposa y la comadrona arrodilladas a ambos lados. El hombre, justo detrás, descansaba una mano sobre el hombro de ella, y Las Reinonas y el morenito se inclinaban ante el bebé para contemplarlo mejor.
            Apenas duró un instante, pero esa natividad se grabo a fuego en mis retinas; me cautivó de modo tal que tiendo a rememorarla casi obsesivamente, sin que al día de hoy, siete años más tarde y a pesar de lo imaginativo que soy, haya dado con el porqué.
            ¡Din-dong!
-          Abre tú, Gabi, que será Jesusito.